Estás como de costumbre en el lado izquierdo de la cama, con la lámpara amarilla iluminando las páginas de ese libro en el que tienes clavada la mirada. Ese libro que prefieres en francés, no por desconfianza a las traducciones sino porque después vas a querer presumir tu pésima pronunciación citando las pocas frases que aprendas de memoria.
Muerdes compulsivamente el lapicero rojo con el que subrayas párrafos enteros porque en tu cabeza todo el puto libro es importante.
Abres y cierras los dedos de los pies para poder distraer el aburrimiento que llevas más de media hora tratando de disimular.
Y yo, yo no hago más que mirarte y sonreír al pensar la infinidad de veces que he tenido el lujo de traer este momento a mi mente.
Llevo años sin verte, pero en mi memoria te he perfeccionado tanto que estoy más enamorada de tu recuerdo que lo que alguna vez estuve de ti.