Ella siempre con su música de tan sólo cuatro acordes, decía que su alma era muy pura para cosas más pesadas, que lo suyo era el cine independiente y dieta vegetariana. La ciudad entera estaba bajo su mirada y ella contaba las luces todas las noches, pues era la única forma de asegurar un poco de realidad en el sueño que vivía. Harta del optimismo estaba.
Él caminaba con pasos acelerados guiados por canciones que comenzaban en 1/4 y terminaban en 8/8. No soportaba quedarse en un lugar por más de dos horas y conocía crudamente el mundo que lo rodeaba; calle por calle, puente por puente y no quería recorrerlos más.
Una tarde que al igual que todas estaba llena de nada, los cuatro acordes y las cadencias aceleradas iban hacia un mismo sentido. La repulsión que él y ella sentían hacia el mundo comenzó a atraerlos y, sin darse cuenta se convirtieron en las próximas víctimas del menos y menos que equivale a un más, del caos que siempre está destinado a volverse creador.